Del que sabe sabe.

"Cronicas De Bruno Del Breñal"(1994) es un disco que contiene una serie de cuentos con bastantes reflexiones. Honestamente no lo he escuchado completamente más lo que a continuación ustedes también escucharan.

Este tema lo saque de un concierto que dio en el Museo de Arte Latinoamericano en los Angeles.
Las letras en negritas son los titulos de los cuentos: En donde se da el principio, Para todo el que sabe y de como el que ignora aprende. Por ultimo terminal con la canción "Jonas el enterado".

Clic para escuchar: el audio es malo así que recomiendo subirle el volumen a tus bocinas.



En donde se da el principio

Hace tiempo y hace mucho,
en las afueras de una aldea
me hallé a un músico errabundo
que se daba a la tarea
de embarcar al que le oyera
con las mentiras más necias que escuché
de peripecias que suceden en el mundo.
El truhán había aparecido
todo de verde vestido,
como se trajean los grillos,
a más que llegó brincando
y bajó el camino
cantando el aire de un estribillo.
Se quitó su gorro viejo
y haciendo una caravana,
dijo inmodesto el tipejo
lo que más le vino en gana.
O sea que era y se decía
el Conde Bruno del Breñal,
quién aparecía a nosotros
en su forma original.
Y entre muchas otras farsas
y afirmaciones confusas,
dijo ser hábil artista,
que dejó su noble cuna
por ilustrar al imbécil...
por enselar al jumento.
Que ignoró fama y placeres
por llevar a donde fuere
la luz del conocimiento.
-De ignorancia nadie muere -dijo-,
pero el saber da un talento
más útil que la belleza.
-Así es - grité-,
en la cabeza te faltan
los dos ejemplos.
A lo que me concedió:
-¡Verdad es! Lo sé de fuentes
más nobles y más altivas.
La sabiduría es un don...
pero no del que la sabe,
sino del que la cultiva
-dijo y se agrego de pronto--
-Esto me recuerda un cuento
que les cuento porque es corto
-mintió el redomado loco
y empezó con aire grave-:
para todo aquel que sabe,
como si esto fuera poco...
Para todo el que sabe

Hubo un día
en que discurría
sobre la sabiduría
y yo a mí mismo me decía
cierto refrán que no entiendo
ni comprendo todavía.
Sepa usted, si no lo sabe,
dijo el que nada sabía,
a todo aquel falto de juicio
que por poco le creía.
Gracias a mi inteligencia
digo- y digo bien- que concluía,
porque el que ya sabe
sabe bien que no lo sabe todo,
y el que no sabe ni jota
ni siquiera tiene modos de enterarse
qué no sabe... sólo que alguien se lo diga.
Que alguien que sabe que sabe,
se acerque al que no lo sabe
y le pregunte:
'¿ Y Tú que sabes?' y le diga:
'esto tú no lo sabías'.
Más la sombra de una duda
confundió mi corazón
y acusó de ligereza
mi inequívoca razón...
¿Pero si ese que no sabe
sabe otras cosas distintas
que no conoce el que sabe...?
¡Ah! Pues he ahí la sabiduría
del que no sabe saber
otras cosas conocidas
que habrá que reconocer...
Me dije, y también me dije bien.
De modo que todos saben.
En resumen, saben todos:
unos dicen lo que saben
y otros saben lo que dicen,
pero no hay quien sepa todo.
Por cierto... Ustedes que saben,
digan que contaba yo,
porque aunque me lo sabía,
creo que ya se me olvidó.

De cómo el que ignora aprende
Osea que... ¿Sabe o no sabe?
-dije yo con impaciencia-.
Si sabe usted y lo olvida,
¿cómo sabe que lo supo?
Y de otro modo, si no sabe...
¿qué le enseñará a la audiencia?
Me miró con una duda
más profunda que la mía
y me preguntó:
-¿Qué dijo? ¿Cómo dice que decía?
Y entonces al sinvergüenza
dije en tono presumido:
-Se le olvidarán las cosas
porque no las ha sabido.
La gente aguardó expectante,
e ignorando mi ofensiva citó
bajando la voz y de forma reflexiva:
-Sólo sé que no sé nada...
Sólo sé que nada sé...
Pero si alguien sabe menos,
siempre puede ser usted.
Más permítame decirle
que nadie nació sabiendo
y que es cuestión de ir aprendiendo
todo lo que yo le explique...
Conque guarde usted silencio
y no interrumpa con sus chistes.
Me dijo paternalista
y de manera socarrona,
como aquel que guiña el ojo
cómplice de otra persona.
Pero a mí no me engañaban
sus maneras profesoras
y urdí desenmascararle
aunque perdiera diez horas.
Por su parte el saltimbanquis
afinaba una guitarra
que igual pulsaría hábilmente,
y yo me dije:
'Solo aguarda a que se descuide
el demente'.
Pero inició una tonada
de un sujeto
triste, lánguida y doliente,
la que llevaba por nombre:
'El insecto, el pájaro...
-y pensé que era muy larga
cuando le agregó-
... ¡Ah! y el hombre'.
Y sentenció:
-Sepan qué pasa...
aunque a veces les asombre.

Fernando Delgadillo
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