La ventana


   Había una vez dos hombres, ambos seriamente enfermos, en la misma habitación de un hospital de renombre. La habitación era bien pequeña, pero suficiente para los dos: dos camas, dos mesas de noche, una puerta quee daba hacia el pasillo y una sola ventana que daba al exterior.
   A uno de los hombres, como parte de su tratamiento, le permitían sentarse en la cama durante una hora por las tardes (por algo que tenia que ver con el drenaje de líquido de los pulmones) y su cama estaba junto a una ventana.
   El otro hombre tenía que pasar todo el tiempo acostado de espaldas, y ambos tenían que quedarse callados y quietos. Razón por la cual estaban solos en la pequeña habitación y daban gracias por la paz y la privacidad. Sin la bulla, ni la actividad, ni las miradas curiosas de la sala general.
   Desde luego, una de las desventajas de su condición, era que no se les permitían hacer mucho: no podían leer, no escuchar la radio y por cierto nada de televisión. Tenían que mantenerse en silencio y quietos, los dos solos.
   Solián hablar por largas horas  acerca de sus esposas, sus hijos, sus hogares, sus trabajos, sus deseos, su niñez, lo que hicieron durante la guerra, dónde habían ido en sus vacaciones, todo ese tipo de cosas. Cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana debía sentarse por una hora, pasaba todo el tiempo describiendo lo que veia afuera. El otro hombre comenzó a anticipar esos valiosos momentos.
Yuyis correteando patos
   Aparentemente, la ventana daba hacia un parque con un lago donde había patos y cisnes, niños que les arrojaban pan y hacián navegar botes a escala, jóvenes parejas que caminaban tomados de la mano a la sombra de los árboles; habían flores y claros de grama, juegos de béisbol, gente tomando el sol y a lo lejos, detras de la silueta de los arboles, una linda vista panorámica de la ciudad.
   El hombre acostado de espaldas escuchaba todo esto disfrutando cada minuto: supo como un niño estuvo apunto caer al lago, que lindas eran las muchachas con sus vestidos de verano, un emocionante juego de béisbol, o un niño que jugaba con su cachorro. Llegó el momento en que casi podia ver lo que estaba pasando afuera.
   De pronto, una linda tarde en que había una especie de desfile, le vino un pensamiento de repente: ¿Por qué el hombre que estaba junto a la ventana tenia todo el beneficio de ver todo lo que sucedía y el no? ¿Por qué no le daban a él esa oportunidad?
   Se sintió avergonzado y trató  de no pensar de esa forma, pero cuando más trataba, con más intensidad deseaba el cambio. ¡Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa!
   Con el pasar de los días se fue amargando. Él quería estar junto a la ventana. Se angustiaba, no podía dormir y se puso peor, algo que ninguno de los doctores entendía.
   Una noche mientras éste miraba fijamente el techo, de repente el otro paciente se despertó tosiendo. Se estaba ahogando con el líquido que le congestionaba los pulmones. Sus manos buscaban el botón para llamar a la enfermera de urgencia.
El otro hombre lo miro sin moverse.
   La tos se escuchaba en la oscuridad una y otra vez... Se ahoga... Se detiene... El sonido de la respiración se apaga... mientras el otro hombre continuaba mirando el techo.
   En la mañana, cuando la enfermera de turno vino  con el agua para la higiene, se dio cuenta que el hombre había muerto. Se llevaron el cuerpo en silencio, sin mucho alboroto.
   Tan pronto como le pareció moral y correcto, el hombre preguntó si lo podían mover a la cama de junto a la ventana. Lo mudaron, lo acomodaron, lo pusieron bien confortable y lo dejaron a solas para que estuviera callado y quieto.
   Tan pronto como las enfermeras se fueron, se incorporó apoyándose en un codo. Trabajosamente y con mucho dolor, se asomó por la ventana. La ventana daba a una pared.



La vida y el éxito son lo que usted quiera que sean. No son lo que otra persona ve, sino lo que usted ve. No están en lo que otra persona ha logrado, sino en lo que logre usted. Ahora deténgase y reexamine la imagen que tiene usted mismo, antes de que sea demasiado tarde.



Tomado del Libro "Como alcanzar el éxito autentico" de Ron Jenson.
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